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Blasco Peñaherrera Padilla

En honor y memoria
Del presidente León Febres-Cordero Ribadeneira

Blasco Peñaherrera Padilla, exvicepresidente 1984-1988

Por honrosa deferencia de los familiares del señor presidente León Febres-Cordero Ribadeneira, que agradezco hondamente emocionado, sumo mi voz a las que, dolidas, sapientes y alturadas, han enaltecido y enaltecerán la memoria de este egregio capitán que acaba de librar, con el coraje y la entereza que le caracterizaran, su última batalla.

Habiendo sido como fue, un ser humano de esa condición singular que identifica a los designados para conducir a los demás, y habiendo cumplido con este destino en múltiples campos y con diversas misiones, múltiples son también los logros que se deben ponderar en el fecundo balance de su vida. Sin embargo, por su trascendencia histórica, y por ser aquella de sus jornadas en las que cupo el privilegio de acompañarle, debo poner énfasis en su gesta como
primer mandatario de la república. En ella estuve junto a él porque, al igual que todos los militantes de las organizaciones sociales y políticas que conformaron el vigoroso frente que se propuso darle un nuevo rumbo a nuestra patria, tenía el convencimiento de que su acerada personalidad y su evidente talento político, le permitirían desempeñar tan alta y ardua tarea, con la lucidez, el acierto y la firmeza que eran indispensables. Y no nos equivocamos.

Apenas doce meses después de haber asumido la presidencia, todas las cifras que revelan la situación económica y social del país, se habían tornado positivas y alentadoras. Atrás comenzaban a quedar los rezagos de la gravísima postración en la que fuera sumido por los azotes de la naturaleza, las secuelas de lamentable enfrentamiento con nuestro vecino del sur, y los innegables desaciertos económicos y políticos con los que se inaugurara el retorno a la
democracia. Y todo esto se lograba, a pesar de que una oposición sectaria e iverecunda no daba tregua y se intensificaba el fatídico brote de la insania terrorista.

Pero el cúmulo de las adversidades había de acentuarse más aún todavía, la abrupta caída del precio del petróleo y luego la interrupción de su exportación por la destrucción sísmica del oleoducto transandino, redujo en un
tercio los ingresos del Estado y la economía, e impuso la necesidad de acentuar la austeridad en el gasto público, pese al cúmulo creciente de las necesidades colectivas. No obstante tamaño desajuste, al término del periodo
gubernamental, el balance fue inobjetablemente positivo. El Ecuador había recuperado la paz, la economía su vigor y su dinámica, la institucionalidad democrática su estructura y normalidad funcional. ¿Cómo se pudo realizar
semejante hazaña? No por otro medio ni recurso que no fuera el de la excepcional capacidad de conducción de un líder y de un equipo gubernativo que, con una clara y firme convicción del rol que debe desempeñar el Estado y
el modo como se debe propiciar y estimular la actividad económica y el desarrollo social, no dilapidó ni tiempo ni energías ni recursos, en búsqueda de los espurios fines de la demagogia, ni en procura de objetivos ilusorios, sino en
la tarea de establecer bases firmes y perdurables para la construcción del bienestar general.

Y todo esto, al ritmo que marcaba la infatigable presencia, la disciplina, la constancia, la tenacidad y la aguda percepción de los hechos y los comportamientos, de un hombre cuya real valía, como dice Antoine de Saint-
Exuperi, se descubriera muchas veces “al medirse con el obstáculo”. Y fue precisamente otro obstáculo de similar magnitud con el que se midió la admirable capacidad de este gran capitán. Conocedor del célebre apotegma del
filósofo latino Epicteto de Frigia, de que “el hombre sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno, pues es un delito negarse a ser útil a los necesitados y una cobardía ceder el paso a los indignos”, aceptó el caudaloso pronunciamiento popular que le encomendó la alcaldía de esta ínclita ciudad en la que naciera, y al cabo de otra jornada sin paralelo, la rescató del caos administrativo, la ruina, la corrupción y la penuria más escandalosas, y la
puso en la ruta por la que ha sido conducida por su dignísimo sucesor, a los más altos niveles de prestigio en el municipalismo, a escala mundial.

En una ocasión memorable, mirando llegar hacia él una multitud fervorosa que lo aclamaba, me dijo el presidente José María Velasco Ibarra: “mire usted, este pueblo guayaquileño, es el único que se expresa en el lenguaje de la gratitud”.
La bullente marejada humana que hoy manifiesta su dolor, su gratitud, su arraigado y creciente amor, en las calles y en las plazas de esta nobilísima “Fragua de Vulcano”, le dice a León Febres-Cordero Ribadeneira lo que nadie le puede expresar con igual elocuencia.

“Los hombres que hacen historia”—dice el ilustre filósofo historiador Gabriel Cevallos García— “son árboles grandes, con raíces grandes. Llegan a la superficie desde muy adentro y traen mucha savia. Mas, en las alturas que alcanzan son visitados por la tormenta y los rayos. Amigos de la tormenta, los árboles grandes sufren tremendas sacudidas, pero son robustos; son azotados, pero la raigambre los defiende. Majestuosos y terribles, señores y señudos, temporales y casi eternos, viven la vida propia, pero la raíz de ellos toma jugos del suelo y del subsuelo en extensiones y profundidades insospechadas. Esto les hace vivir la vida de los demás. Son singularidad y colectividad en una
pieza”.

Esto fue en la vida, es y será en la historia, León Febres-Cordero Ribadeneira; un hombre que hizo historia, un árbol grande, de aquellos contra los cuales no pueden ni los rayos ni las tempestades. Muchas, muchísimas veces se
abatieron contra él, pero no pudieron doblegarlo. Persistió erguido e incólume. Como igual siguió a pesar de la infesta de comejenes y demás sabandijas, cuya acción suele ser más perniciosa para los grandes árboles, porque socava sus
raíces.

Por eso, su partida definitiva crea un vacío muy difícil de cegar. Sin embargo, su última batalla ha concluido con una victoria que podría significar el más importante de sus legados; el de la restauración de la civilidad y la racionalidad
en las discrepancias y los conflictos políticos. Ante el dramático espectáculo de su enfrentamiento con la impiedad de la Parca, muchos de los que estuvieron distantes, no pocos de los que fueron antagónicos, y algunos de sus más
enconados adversarios, le han rendido el mayor de los homenajes; el de su comprensión. ¿Podrá la sensatez y la nobleza de estos comportamientos, estimular una mutación radical del insensato fratricidio político que nos
fracciona, nos mutila y nos inhabilita para la tarea común que reclama la Patria?

Si esto sucede, este gran capitán habrá obtenido al término de su última de sus batallas, la mayor de sus victorias.
Y esta será también el único consuelo para quienes él fue, por sobre todas las categorías y las funciones de su fulgurante trayectoria política; un esposo, padre, abuelo, hermano, tío y amigo, absolutamente inolvidable.

Paz y amor en su tumba.
Blasco Peñaherrera, 2008