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El último de los Mohicanos

Mario Fiorentino

Mario Fiorentino Coello – 9 de marzo de 2011

“…Ud. será el último de los mohicanos…”. Con esta simple frase, hace muchos años, el
también fallecido Presidente Carlos Julio Arosemena Monroy, le pronosticó a León Febres-
Cordero, antes incluso de que este último llegara a la Presidencia de la República, que él sería
el último líder de proyección nacional que saldría de las filas de las élites guayaquileñas.
Palabras proféticas las del Dr. Arosemena, pues el paso posterior de León por la Presidencia y
luego por la Alcaldía, demostró que efectivamente así lo fue. Por lo menos en nuestro tiempo.
Hoy hubiera cumplido 80 años de no mediar su tempranamente deteriorada salud que
determinó que hace poco más de dos años, él también alcance lo que en su discurso de
Entrega de Mando definió con gracia y estilo, como “el vértice inefable de lo eterno”. Se fue
quizás antes de tiempo pero su recuerdo vivo impide que muera definitivamente.

Antes y después de ésa fecha, mucho se ha escrito sobre él y mucho se escribirá en el futuro
pues su paso por la historia dejó una profunda huella, tan profunda que alguna vez hace pocos
años, conversando con un amigo común sobre su real dimensión histórica, coincidimos en que
en nuestra historia hay sólo cinco figuras que por la extensión de su vida política y por la
trascendencia que alcanzaron en sus respectivos tiempos, pueden considerarse como los
“ejes” de nuestra vida republicana: Flores, García Moreno, Alfaro, Velasco Ibarra y Febres-
Cordero.

Se podrá discutir y hasta polemizar sobre las realizaciones históricas o materiales y sobre la
herencia política de estos gobernantes pero no se podrá nunca negar las cualidades que todos
ellos tuvieron en común: su capacidad intelectual y su gran fuerza mental, su pasión, su coraje
y su voluntad sin limites para la lucha que en dos casos los llevó incluso al sacrificio.
Solía auto-definirse como “un hombre intenso”, y vaya si lo era, eso no se le discute. Esa
intensidad, que no era otra cosa que el reflejo de su temperamento apasionado y vehemente,
dio lugar a que tenga por igual amigos y enemigos y que coseche libremente, afectos y
desafectos. Con él no cabían medias tintas, era duro en el combate, siempre e
inobjetablemente frontal, pero podía ser más noble y solidario de lo que sus enemigos le
reconocen.

León irrumpe en la política en la Constituyente de 1966, época en la que estaban vigentes no
uno sino varios políticos muy duros, algunos tanto o más duros que él, no era aquella una
época huérfana de líderes como la que actualmente vivimos, era más bien un tiempo en el que
el escenario político estaba lleno de personajes de distintas tendencias pero muchos de ellos
teñidos de superioridad intelectual y gran capacidad de exposición y análisis; ganarse un sitio
por ende no era fácil pero para él no se puede decir tampoco que fue difícil, porque en él era
evidente que sobreponerse a lo difícil era natural, pues como dijera Mons. Arregui en su
Homilía en la misa de honras fúnebres, “…pertenecía a la estirpe de los forjadores de la
historia…”. Eran tiempos en los que además, por dura que fuera la brega, los políticos tenían
límites y, lo que es más importante, los respetaban.

Se preparó ardua y muy responsablemente para la política pues detestaba improvisar. A lo
largo de los años y con permanente afán de aprender leyó mucho, mucho más de lo que la
mezquindad de algunos enemigos le ha querido reconocer. Muy especialmente e incluso por
su faceta de ejecutivo empresarial, leyó de economía, campo en el que llegó ser un auténtico
autodidacta, lo cual lo ayudó sobremanera cuando tuvo que asumir el poder. Tenía claro que
en estos tiempos que vivimos, uno de los temas que un gobernante debía conocer en
profundidad era precisamente el económico.

La política lo fue absorbiendo de a poco pero con la fuerza inexorable del destino, es claro que
en él no cabía otro camino que el dedicarse a tan noble actividad porque para él clara e
indiscutiblemente, la historia era más importante que el dinero. La entendió en profundidad y
de igual manera entendió cual era y es la misión de un líder; una tarde lo escuché explicar en
rueda de amigos, cerrando el que había sido un día muy duro de su vida política y personal, lo
que en su concepto era y debía ser la política si se la quería entender genuinamente:
interpretar el sentir popular y trabajar para hacer realidad los anhelos del pueblo. Y añadía que
era una tarea que demandaba caminar y dialogar mucho, “…24 horas, 7 días a la semana, 52
semanas al año…”.

Y es que León pertenecía a ésa generación de políticos que respetaban al pueblo. Más allá de
algún muy raro exabrupto, jamás lo escuché, como sí he escuchado en otros, incluso en
alguno de los denominados “defensores del pueblo”, usar términos despectivos para referirse
a aquellos que él claramente aceptaba como sus mandantes esto es sus electores. Y si a los
hechos nos remitimos para sustentar la veracidad de esto, nadie puede negar la magnitud de
su obra pública, en todo el país durante su Presidencia y luego durante su ejercicio de la
Alcaldía en la ciudad que lo vio nacer y a la que le tocó el innegable desafío de refundar casi
desde sus cenizas. Hacer obra para mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos de
todo nivel socio-económico, fue la manera que él encontró para precisamente demostrar ése
respeto y para corresponder la fe que la ciudadanía depositó tantas veces en él.

Esa obra hizo que, como él lúcidamente anotara en su discurso de aceptación de su
candidatura a la Alcaldía, los que antes lo llamaban oligarca pasen a llamarlo populista. Y esa
obra inmensa, por el inevitable aprecio general que originó y por la consiguiente envidia que
causó, hizo que la oposición “sectaria e inmerecida” que enfrentó, como bien la definió en su
momento quién fuera su Vicepresidente, el Dr. Blasco Peñaherrera, lo atacara con particular
saña llegando al vergonzoso extremo de que el día aciago de su secuestro en Taura, ésa
oposición pedía el juicio del Presidente secuestrado y no de los delincuentes que le habían
faltado al respeto, a él y en su persona a toda la República, esto es a todos y cada uno de
nosotros, incluyendo a esos mismos opositores cegados por el odio.

En lo personal, como bien anotaba Felipe González, ser su adversario no era nada fácil pero
ser su amigo era ciertamente placentero. Y es que conversar con él era siempre grato y por
sobretodo enriquecedor; no recuerdo haber terminado con él una conversación, de las muchas
que tuve a lo largo de nuestras vidas, no tantas por cierto cuántas hubiera querido tener, sin
irme con la conciencia clara de haber aprendido algo nuevo y siempre interesante, no
necesariamente vinculado al tema político. Sus variadas aficiones, como por ejemplo la de los
caballos de paso, permitían que uno pueda conversar con él de otros temas y en todos era
evidente que los estudiaba a fondo y le gustaba compartir lo que día a día iba aprendiendo.
Una de sus más grandes enseñanzas se resume en una frase que más de una vez le escuché y
que fue citada por su nieto León en una emocionante nota de despedida: “la vida sólo puede
ser comprendida mirando para atrás pero sólo puede ser vivida mirando par adelante”. Pocas
palabras que encierran una verdad medular que muchos hombres olvidan demasiadas veces,
incluso los países la olvidan, entre ellos el nuestro, y con ello abren la puerta al fracaso.

Podía ser tildado de ríspido, a veces lo era, quizás más al final de su camino, pero hay algo
más que es justo decir de él y es que era propicio a tender su mano cuando alguien en
dificultades buscaba su ayuda, pero cuando la daba, en forma de apoyo de cualquier tipo o
simplemente de un consejo, él procuraba que “su mano izquierda no supiera lo que hacía su
mano derecha”, evangélicamente hablando. No era en efecto proclive a esperar que nadie le
agradezca por su ayuda y en ése camino, por mi propia experiencia, observando ciertas
reacciones de personas incluso desconocidas y atando alguno que otro cabo, puedo afirmar
sin temor a equivocarme ni a exagerar, que León en su vida ayudó a mucha, muchísima gente.
Nunca sabremos a cuantos.

Su legado todavía está en la etapa de la discusión acalorada, alabado por unos, vituperado
por otros. Que un legado político e histórico existe es indudable pero se necesita mucho más
tiempo para que pueda ser analizado objetivamente. Se necesita que todos los que lo
conocimos, amigos y enemigos, partidarios y opositores, hayamos dejado también este
mundo y quienes analicen la historia sean hijos de posteriores generaciones para que puedan
escribir sobre él sin pasión. En todo caso sus amigos y seguidores, tenemos el derecho a
pronosticar que el veredicto de la historia le será ampliamente favorable.

Analizar qué significó conocer a León conlleva responder en varios órdenes. Vivir en su tiempo
significó de por sí algo muy particular, de hecho significó llevar una marca permanente en la
memoria, pues para partidarios y opositores, sin distingos, él fue el hombre que en nuestro
país marcó la época en que muchos crecimos y por el que muchos votamos a lo largo de casi
toda nuestra vida. Ser su coideario significó transitar permanentemente por la senda de la
victoria política y sentir siempre el orgullo por las realizaciones del líder al que seguimos. Ser
su amigo fue uno de ésos escasos privilegios que la vida nos dispensa con mano corta,
precisamente para que los valoremos más.

Hoy no podemos llamarlo ni visitarlo para saludarlo, ahora sólo podemos inclinarnos con
cariño ante su tumba y decirle lo mismo que él me dijera en el instante en que nos despedimos
para siempre: “¡nos vemos pronto!”