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Miguel Orellana

Carta a León Febres-Cordero
León ante la vida, León ante la muerte

Querido Presidente:

Han pasado tres meses de su partida, el dolor todavía es muy grande y seguramente será para toda la vida, pero sobrellevamos estos momentos, con los recuerdos y las enseñanzas maravillosas que usted nos dejó.

Vivimos muy de cerca e intensamente los últimos cien días; comprendimos muchas cosas, estuvimos día a día con frustraciones y esperanzas, las enseñanzas nunca faltaron, sus ejemplos de vida fueron inagotables, su demostración de amor por la Patria no tenía límite.

No olvidaremos momentos como el vivido el 28 de septiembre, última elección que le tocó estar presente. En esos días sus fuerzas decaían, los médicos no querían que se esfuerce más, y menos que corra riesgos que ellos consideraban innecesarios, entre esos, el asistir a sufragar.

Con ejemplo de valentía que llega casi al heroísmo, decidió ir al recinto electoral, prohibió que se solicite le acorten el trayecto que debía caminar, no quiso que lo acompañe prácticamente nadie, se movilizó solo, caminamos aproximadamente dos cientos metros hasta llegar a su mesa, fue lento, a cada paso la gente le demostraba su respeto y aprecio, yo sabía que era la última ocasión con el deber cívico de sufragar, y estoy seguro de que usted también, ¡qué lección y ejemplo, con qué entereza lo afrontó!

Cuando regresamos ya en camino, nuevamente, a lo que se convirtió en nuestra casa durante el periodo de su enfermedad, recurrimos a la nueva compañía que se había unido a nuestro diario vivir, la máquina de oxígeno, se había usted extralimitado en el caminar hasta su mesa en el recinto electoral, y al regresar ya sus pulmones necesitaban de ayuda, pero había cumplido, una vez más, con lo que usted siempre consideró que era su deber de ciudadano.

Durante los siguientes días, en varias ocasiones, se impuso la obligación de continuar desarrollando, aparentemente normal, las actividades que estaba acostumbrado y algunas que sentía la necesidad de cumplirlas. Se reencontró con viejos amigos, superó distancias que la vida había cobrado, volvió a reunir a colaboradores alejados entre ellos, se encargó de que todos quedemos nuevamente comprometidos entre nosotros, como en los viejos tiempos.

Hasta el último, imponiéndose obligaciones. Tuvo reuniones políticas muy interesantes, visitas de viejos amigos y personalidades como el expresidente de El Salvador, Armando Calderón Sol, la llegada inesperada de su amigo, el expresidente de Colombia, Andrés Pastrana, con quien la tertulia no tuvo prácticamente fin, y solo el cansancio y el tener que recuperar fuerzas, pudo terminarla al anochecer.

La enfermedad mortal continuó su camino, nunca nos quería preocupar, trató siempre de minimizar la posibilidad de un final prematuro, proyectando hechos, acciones u objetivos para los próximos años, queriendo seguramente protegernos para evitar sufrimientos y hacernos creer que había León para mucho tiempo.

¡Qué experiencia! Disminuido físicamente, con dependencia total de la nueva compañera, la máquina de oxígeno, pero con una lucidez de envidiar. Cuando la “Comisión de la Deuda Externa” que formó el Gobierno Nacional, presentó un informe que incluía comentarios sobre la gestión económica durante su periodo presidencial, trabajó con sus colaboradores y asesores para preparar un documento que, por responsabilidad, presentó al país, con una publicación de un diario de circulación nacional, día 8 de diciembre. Hasta sus últimos días, siempre preocupado por rendir cuentas de su correcta gestión al pueblo ecuatoriano. ¡Qué ejemplo!

Cuando los médicos lograron convencerlo para que viaje a un centro especializado en Estados Unidos, nos volvió a demostrar la fuerza de carácter para asumir los desafíos, casi sin fuerzas, por cuanto la enfermedad no perdona, aceptó el riesgo del viaje con valentía, no creímos que lograría regresar con vida, pero con el deseo patriota de morir en su tierra, después de una semana de tratamientos y chequeos, pidió lo que siempre había querido, volver para pasar sus últimos días en su patria, y esa aventura no fue fácil, solo esa fuerza tan grande de carácter, de lucha y heroísmo, hizo que lo lograra; los médicos no daban ninguna posibilidad de éxito en el retorno, pero como el último de los mohicanos, frase de su amigo Carlos Julio Arosemena Monroy, lo logró.

Después de su regreso, solo nos quedaba esperar, y también el pueblo comenzó su vigilia y espera, unos días con esperanza, otros con desaliento y tristeza, pero en todo momento junto a usted y a toda su familia, que no se despegó nunca de su inclaudicable lucha. Eran los últimos días de vida del personaje más importante de la vida nacional en los últimos 50 años.

¡Qué entereza! Aún cuando tuvo difíciles recaídas propias de la medicación, lo primero que hizo al recuperar la conciencia fue preguntar: “¿cómo está el precio del petróleo? ¿Con cuánto está afectando al presupuesto nacional?”, preguntaba en general la situación del país, todo pasaba a segundo orden cuando se trataba de asuntos de la patria.

Tomó hasta el último momento decisiones importantes, incluyendo a quién recibía, así lo decidió cuando el General Frank Vargas Pasos solicitó autorización para visitarlo y usted aceptó la visita. Después de un diálogo corto pero claro, en el que el General, con mucha gallardía, se cuadró ante su Comandante en Jefe, reconociendo su autoridad, cerró un capítulo de la historia ecuatoriana, dejando atrás mentiras y componendas que pretendieron a lo largo de los años, cambiar la verdad de los hechos.

En su último acto de amor y de esfuerzo por su pueblo, oía emocionado los cantos de sus seguidores que hacían vigilia en las afueras de la clínica, la entonación de la canción de su campaña presidencial, y tarareando casi sin aliento “hay que tomar la decisión”, pidió que se lo movilice hasta la ventana para despedirse del Ecuador, qué emoción, no podíamos contener las lágrimas, pero teníamos que hacerlo porque su ejemplo lo imponía. Qué mayor demostración de amor y de agradecimiento a ese pueblo ecuatoriano representado en los seguidores que estaban ahí presentes.

Nunca fuimos de elogios ni adulos, menos ahora, pero ha resultado muy complaciente ver el homenaje que el pueblo, su pueblo, le sigue tributando diariamente, en las manifestaciones de pesar y de dolor que demostró en los días de sus funerales, lo que fue su cortejo, lo solemne de sus exequias, realmente nos hace sentir orgullosos de tener la suerte de haber compartido la vida con usted.

Siempre le dije lo importante que yo consideraba era para todos nosotros, lo que significa ser parte de la familia que formó, fundamentalmente por los valores morales, por la ética, por la honradez, por la necesidad de servir a los demás, por el amor a la patria, enseñanzas que calaron muy hondo en todos los que son parte de su familia, e irradiadas a muchos, que también fueron beneficiados con su ejemplo.

Estamos aprendiendo ahora lo que no nos enseñó, esto es el tener que vivir sin su presencia física, pero gracias a Dios, son tan fuertes nuestras ataduras y vivencias, que podemos decir: trataremos de no defraudarlo, señor Presidente, y puede estar seguro de que siguiendo todos los días de nuestras vidas su ejemplo, solo podremos ser mejores ciudadanos y mejores seres humanos. Interpretando su lema: su vida produjo bastante más de lo que consumió. Gracias por habernos guiado, gracias por haber estado siempre ahí, nunca morirá para nosotros, y cuando tenga que presentarle frente a frente un resumen de lo que continuamos, estoy seguro se sentirá orgulloso de lo que dejó.

Hasta que nos volvamos a encontrar, querido Presidente.