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Muerte y Funerales

Texto de David Wong Chauvet.

La tarde, como presagiando momentos tristes, estuvo sombría…

Lunes 15 de diciembre de 2008, minutos después de las dieciséis horas la ciudad entera, aunque esperaba la fatal noticia, se conmovió ante el anuncio formal de la muerte de León Febres- Cordero. Guayaquil entristeció. Desapareció la esperanza en los rostros y en los corazones de quienes hicieron vigilia elevando sus oraciones durante muchas noches al pie de la clínica, donde se hospedaba su líder, y los ojos de esos rostros desconcertados dejaron surgir lágrimas imposibles de contener.

Hombres curtidos por el trabajo, empleados, oficinistas, amas de casa, trabajadores modestos, jóvenes que no lo trataron pero conocieron su obra, el pueblo anónimo, sollozaron ante la fatal noticia; pensaron que León los acompañaría siempre con su presencia y su ejemplo de una vida intensa y combativa. Pero el momento supremo y misterioso de reencontrarse con su Creador llegó. Y así el alma de León entró a la inmortalidad y su nombre ingresó a la historia.

Aparecieron carteles de sus partidarios y de sus seguidores, para darle el adiós eterno: Gracias León por Guayaquil; Siempre vivirás con nosotros; León, sí se puede. Otros carteles con mensajes, la mayor parte de gente modesta, eran más concretos: Gracias por mi casita; Gracias por ayudarme en mi enfermedad; Gracias por el relleno de mi barrio: Gracias por hacer operar a mi hijo. Muchos brazos alzaban viejos afiches de campaña con el rostro batallador del líder, como queriendo prolongar su estadía terrenal.

Se anuncia que los restos serán trasladados a la Catedral de la ciudad. La gente va llegando de a poco y después de una hora se forma espontáneamente una muchedumbre; el tráfico se interrumpe. Ingresa al garaje de la clínica un furgón del Ejército ecuatoriano, para trasladar como corresponde, los restos del ex comandante en jefe de las Fuerzas Armadas del país. Entrada ya la noche el féretro baja para ser puesto en el furgón. La gente quiere cargarlo e impide que salga en el vehículo dispuesto. Así el féretro, en el improvisado cortejo fúnebre, sale en hombros y las pocas cuadras re recorrido hasta la Catedral se tarda casi hora y media.

Acompaña al cortejo un gran número de ciudadanos, gente del pueblo, que pugnan por acompañar los restos y que se van sumando a la singular marcha fúnebre cuyo triste andar es matizado por vivas al líder que acaba de partir. Una ligera llovizna, cómo queriendo expresar lágrimas de la ciudad que transformó, refresca el ambiente cálido de la tarde y rocía el tricolor patrio que en vuelve el ataúd de León…

A partir de las ocho de la noche las amplias naves de la iglesia se van llenando de quienes ya conocen la infausta noticia y a pesar de la hora, la gente acude a presentar sus respetos ante el cadáver del líder. Las lágrimas se deslizan silenciosas por las mejillas de personas de toda edad que aún no creen que León haya partido para siempre. Se anuncia que sus restos permanecerán en la Catedral durante dos días y a partir del momento en que fueron depositados al pie del altar mayor, largas columnas desfilan ante su féretro.

El pueblo, su pueblo, llorando unos, sollozando otros, camina lentamente ante la capilla ardiente, se detienen, calladamente, se persignan, tocan el cristal del féretro y contemplan el rostro de tantas luchas y cuya dignidad conserva a pesar de la muerte; saludan respetuosamente y se despiden del hombre que los guió durante muchos años y cuyo ejemplo los inspiró. Al día siguiente desde muy temprano, las filas para presentar los saludos postreros a Febres-Cordero habían aumentado y, ordenadamente, innumerables personas pasaron junto a su cadáver; habían venido de muchas partes del país y de la provincia.

Misas a cada hora y una última, presidida por el Arzobispo de Guayaquil, le dan el adiós a León como cristiano que fue… Hacen guardia de los Granaderos de Tarqui, cuyos coloridos uniformes de Escolta Presidencial habrán atraído más de una vez la mirada de Febres- Cordero en Carondelet. Todos los honores de rigor para el ex mandatario que, al salir en hombros de la Catedral para su inhumación, se convirtió nuevamente en el León que entre vivas y aplausos recorrió su ciudad querida, como en los tiempos de sus campañas políticas, conectado una vez más con su pueblo que lo vería recorrer parte de la arteria histórica de la ciudad, la avenida Nueve de Octubre, mirando por última vez el ir y venir del Gran Guayas, señor de nuestra historia, como fue su sueño.

En su recorrido final fue saludado por todos, desde los balcones de los edificios arrojan flores al cortejo, la gente a lo largo de todo et trayecto espera en las calles para ver pasar el féretro y despedirse de León…

Pasó una vez más por el emblemático Malecón Simón Bolívar, cuya reconstrucción iniciara y que se convertiría en el ícono de la transformación de la ciudad, pasando después por los túneles que inició en su última administración municipal, siguiendo por las vías que fueron parte del rescate vial de la ciudad hasta pasó por el puente sobre el río Daule, que se une con el anillo perimetral de la urbe que ejecutó cuando fue Presidente de la República.

Al aproximarse a su finca El Cortijo aparece más d medio centenar de caballos de paso, ente ellos, algunos de los que crió con especial dedicación, destacando LFC Marcial que no pierde su brío como queriendo demostrar que su jinete ha muerto en pie de lucha…

Y así la caravana llega al camposanto, donde sus restos tendrán descanso eterno; no cesan los vivas, los aplausos y las lágrimas. Se acerca el momento más duro, el del adiós definitivo, no se volverá a ver al ex Presidente, la bandera tricolor que cubrió el ataúd es entregada a una de sus hijas.

El penetrante sonido de las trompetas conmueve y emociona a los asistentes. Pasan los aviones de la Fuerza Aérea, siete salvas se escuchan ente el silencio y, finalmente, varias canciones -las que fueron del gusto de León y otras con las que lo identificó la gente- se entonan ente lágrimas y dolor…

Así sus restos mortales fueron acompañados y enterrados por el pueblo que lo amó. Ese pueblo al cual también él amó por encima de todo, porque es el alma de la patria y que fue testigo durante décadas de sus desvelos y de su entrega apasionada, ahora es testigo de su partida.

Sin embargo, más tarde, cuando el silencio y la soledad de la noche parecieran ser los únicos acompañantes de la muerte, casi de repente nos damos cuenta de que su poderosa presencia aún está junto a nosotros, no solo en los recuerdos y en nuestro afecto, sino en las obras, en sus acciones, en su ejemplo y, sobre todo, en sus principios que siempre defendió con admirable y perseverante entereza.

Y ante su partida a lo insondable de la inmortalidad, escuchamos su voz pidiéndonos que, como él lo hizo, sigamos siempre en al lucha sin perder la esperanza, procurando dejar en esta vida algo de nosotros para bien de la sociedad. Y más que con sus palabras, parece que nos pide pensar en su ejemplo, de lucha y de trabajo.

Tumba de León Febres-Cordero

Y nos imaginamos ver su figura recia y familiar y escuchar su voz clara y rotunda. Y no nos resignamos a su ausencia y casi nos convencemos de que aun sigue en la lucha, que nos enseñó a nunca renunciar . Y casi dudamos de su ausencia definitiva.

Y por eso, ante este sentimiento de su presencia imposible, nos preguntamos con el poeta Machado:

¿Murió?… Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!