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Un abuelo inolvidable, por León Bjarner Febres-Cordero

A lo largo de la vida hay cosas que se aprenden y nunca se olvidan, nosotros con grato honor tuvimos el privilegio de aprenderlas de un hombre excepcional, con temple, carácter y, sobre todo, liderazgo, de nuestro abuelo León Febres-Cordero, quien siempre fue considerado el pilar de nuestra familia, por la grandeza de su personalidad, incluso ahora que ya no está físicamente entre nosotros, seguimos pensando que no ha muerto, pasó a la historia como uno de los grandes hombres que forjaron nuestro querido Ecuador, y, sobre todo nuestra gran ciudad de Guayaquil.

Desde nuestra infancia su presencia fue motivadora, ya que con su ejemplo y sin imponer su criterio nos mostró con argumentos irrebatibles, las verdaderas cualidades de un ser humano. Nunca exigió a los demás algo que no se exigiera a sí mismo, de él aprendimos a valorar el tiempo; tiempo para el trabajo, tiempo para la diversión, y sobre todo, tiempo para la familia. Y, por último, no menos importante, nos enseño que la vida solo puede ser comprendida totalmente mirando para atrás; mas solo puede ser vivida mirando para adelante. Defendió sus ideales por encima de cualquier adversidad, sin limitaciones, luchó siempre por cada causa que creyó justa y nunca aceptó un “no” por respuesta si aún pensaba que existía una posibilidad mejor. Con ello nos enseñó con firmeza las cosas que hacen de un hombre, un hombre de valor.

Jamás olvidaremos la pasión que ponía en cada causa de su vida, desde sus aficiones hasta la política; criticado por unos y aplaudido por muchos, pero siempre respetado por la autenticidad de sus palabras y la claridad de sus ideas. Un luchador a carta cabal, que en todas las ocasiones, sin pensar en su propia integridad, veló por nuestro bienestar y el ajeno dentro de un escenario tan duro e ingrato como lo es la política, actividad que escogió para servir siempre a los demás, tanto así, que incluso hasta en sus últimos momentos siempre tuvo una palabra en su mente… ECUADOR.

Aficionado a los caballos, las armas y los bonsais, admirador de nuestra cultura montubia y la vida de campo, administrador por naturaleza, cualidad que lo llevó a manejar una de sus aficiones, la crianza de caballos, con tanta exactitud como a una empresa, y hoy, que tengo la responsabilidad de continuar con esta maravillosa afición, me queda la alegría de reconocer su firmeza y precisión en cada labor que emprendió, pues él conoció el trabajo desde muy joven y hasta su muerte lo valoró, y así murió, “con las botas puestas”, como se suele decir para referirse a quienes se van luchando hasta el final.

Hombre que a lo largo de su vida cultivó grandes amistades, pero sobre todo el amor a la familia; supo sembrar en cada uno de nosotros respeto, amor y unión, que nos hacen traspasar los límites de las desavenencias naturales existentes en toda familia, que nosotros las sobrellevamos de una forma íntegra por los valores y principios de ética, moral, solidaridad y comprensión que nos inculcó. Su sinceridad, honradez, generosidad, don de mando, don de gentes, y singular carisma, hicieron de él una persona maravillosa, digno y difícil ejemplo a seguir por nosotros sus descendientes, quienes tenemos la responsabilidad de transmitirlos a futuras generaciones; con sabiduría y humildad nos preparó para transitar el camino de la vida como él lo hizo, sin desmayar, con ahínco, y sabiendo que la ruta suele ser larga y en algunas ocasiones difícil, pero jamás ni con la mínima posibilidad de rendirse.

Todo esto y mucho más, fue nuestro abuelo, a quien llevaremos siempre en nuestro corazón y en nuestra mente. Al recordarlo siempre lo relaciono con un pensamiento que nos enseñó y que creo lo describía perfectamente: “El camino al éxito se lo puede resumir en siete vocablos: nunca, nunca, nunca, nunca darse por vencido” (Sir Winston Churchill), y él muy acertadamente le añadió:

“No se puede vencer al que no se rinde” (LFC); y yo hoy, sin lugar a dudas, puedo decir que él no se rindió jamás.